
Cartier Cheich: el verdadero trofeo del rally París-Dakar
La historia de Cartier está plagada de modelos asombrosos que han forjado su propia fama con el paso del tiempo. Sin embargo, existen algunos relojes fuera de catálogo que oscilan entre la realidad histórica y el mito, claramente alimentado por los aficionados a la relojería. Es el caso del Cartier Cheich, una pieza tan singular como escasa, producida de forma muy limitada durante la década de los ochenta por encargo de Thierry Sabine, fundador del rally París-Dakar.
El rally París-Dakar. Premio a la supervivencia
Desde su estreno en 1978, el rally París-Dakar se consolidó como una de las competiciones automovilísticas más extremas del planeta. Lejos del lujo o la opulencia de los Grandes Premios de Fórmula 1 —como el emblemático caso de Mónaco—, esta carrera no premiaba únicamente la velocidad, sino también la resistencia, la orientación y la capacidad de supervivencia en un entorno hostil dominado por el calor y la arena.
Esa era precisamente la filosofía de Thierry Sabine: concebir una carrera abierta tanto a profesionales como a amateurs, donde el espíritu aventurero se impusiera al puramente deportivo a lo largo de los casi 10.000 kilómetros que separan París de Dakar.
El Cartier con turbante. No podía ser otro.
Dada la singularidad de la prueba, tanto Thierry Sabine como el resto de organizadores decidieron premiar al ganador con algo más que una recompensa económica o una copa. En este caso, un reloj que únicamente conseguirían aquellos que completasen el denominado “Desafío Cartier”, es decir, ganar el rally París-Dakar dos veces y de manera consecutiva. Una hazaña que únicamente logró Gaston Rahier cuando venció en la edición de 1984 y 1985.
Pero no bastaba con entregar un modelo ya existente —por especial que fuese— ni con grabar una tapa trasera con un mensaje genérico. Era necesario crear un reloj nuevo, diferente y profundamente ligado a la idiosincrasia del rally. Estas directrices llegaron a Jacques Diltoer, director creativo de Cartier en aquel entonces, quien volvió a demostrar por qué la maison es una de las grandes casas relojeras del mundo. En lugar de reinterpretar modelos icónicos como el Tank o el Santos, se aventuró a diseñar una silueta tan extravagante como evidente.
Partiendo del logotipo del París-Dakar de la época, Diltoer se inspiró en el cheich, el turbante tradicional utilizado por los tuaregs —pueblo nómada del desierto del Sáhara— para protegerse de las inclemencias del entorno.
La medalla, en tu muñeca
La caja del Cartier Cheich adopta una forma tonneau —en tonel— y está construida en oro blanco o amarillo de 18 quilates, un material elegido para simbolizar la gloria del campeón. Sus dimensiones resultan contenidas para los estándares actuales, aunque ligeramente grandes según el canon de los años ochenta, lo que le otorga una notable presencia en muñeca.
Sin duda, el rasgo más llamativo son los pliegues escultóricos que replican el cheich y envuelven la caja, generando un juego de luces y sombras único, además de aportar una gran sensación de volumen y profundidad. A ello se suma el característico cabujón de Cartier: una corona rematada con un zafiro azul, que añade un toque sofisticado y, permitidme la licencia, casi antropomórfico, como si asomara una oreja.
En contraste, el dial se aleja del carácter escultórico de la caja para optar por una solución sobria y funcional. Una esfera blanca, limpia y legible, con un rail negro que distribuye índices pintados, alternados con números romanos a las doce, tres, seis y nueve. Esta sobriedad se complementa con las agujas de horas y minutos en acero azulado, resultado del proceso de oxidación tras ser calentadas a casi 300 ºC.
En definitiva, la pieza prioriza la sencillez y el pragmatismo, eliminando cualquier complicación o elemento superfluo que pueda dificultar la lectura en exteriores. No incorpora segundero; únicamente indica la hora. Aun así, pese a su enfoque funcional, no renuncia en ningún momento a su carácter conmemorativo, manteniendo un diseño elegante y sofisticado que evidencia el savoir-faire técnico de Cartier.
¿Por qué es un mito?
La rareza y la exclusividad del Cartier Cheich son elementos esenciales de su leyenda. Nunca formó parte del catálogo oficial de la marca ni se produjo de forma regular. La escasa información disponible procede de los pocos ejemplares conservados, de testimonios de participantes y ganadores del rally, así como de una documentación gráfica original muy limitada.
Esta falta de registros oficiales dificulta cuantificar con precisión el número total de unidades fabricadas. No existen cifras confirmadas, aunque algunas estimaciones sitúan la producción en varias decenas de ejemplares con caja de oro amarillo, repartidos entre los ganadores de la carrera y ciertos miembros de la organización. Sin embargo, únicamente se conoce una versión en oro blanco, fabricada por encargo en 2010 para un cliente desconocido.
Más allá de su diseño, lo indiscutible es que el Cheich representa una parte relevante de la historia de Cartier y de la relojería contemporánea. Un ejemplo de cómo dar forma a un proyecto puntual concebido para homenajear no solo al vencedor, sino también a un territorio y a su cultura. Un encargo privado y excepcional, ajeno a cualquier intención de explotación comercial o reinterpretación futura.
La opinión de Ismael (@itscrownguard)
El Cartier Cheich es un reloj peculiar y difícil de clasificar. Una auténtica medalla en la muñeca, que rinde homenaje al esfuerzo humano desde una perspectiva casi antropológica, atendiendo a las condiciones y particularidades del entorno que lo vio nacer.
Es fruto del contexto de los años ochenta, del espíritu aventurero y del riesgo inherente a una carrera que, aún hoy, sigue glorificando a leyendas pasadas y presentes. Una pieza que, a primera vista, puede parecer ajena a la imagen clásica de Cartier —lujosa y elegante—, pero que, en realidad, solo esta casa podría haber concebido.
Y es que, sin haber sido nunca un modelo de producción, se ha ganado con pleno derecho la categoría de “unicornio”: uno de esos relojes icónicos que, por su diseño y rareza, se han convertido en el Santo Grial de innumerables coleccionistas. No es de extrañar que algunos ejemplares subastados hayan alcanzado cifras de seis dígitos.
¿Dan ganas de haber corrido el París-Dakar, verdad?
Especificaciones Técnicas

Ismael (@itscrownguard)
«El conocimiento es la única riqueza que se puede transmitir sin empobrecerse». Entre la historia, el arte y la pasión relojera. ¡Ahora en Estrase!













Diseño espectacular sin duda
Es la clara demostración de que Cartier sabe cómo crear diseños únicos. Un saludo!