
Horología en estado crítico. La involución del tiempo.
En el contexto de la digitalización actual, los smartwatches están sustituyendo progresivamente al reloj convencional. Queda muy lejos la época en la que el tiempo se medía con el Sol, el agua e incluso con engranajes. Y es que el tictac ha sido relegado por las notificaciones y sus vibraciones. Una rémora que nos mantiene alienados, presos en esta era de la inmediatez. Es por ello que este artículo pretende reflexionar sobre la paradoja generacional y la inminente crisis horológica aún por acontecer. Aquella en la que, pese a contar con innumerables medios, cada vez más jóvenes son incapaces de leer la hora en un reloj analógico.
El reloj. ¿Involución o transformación?
El artículo anterior analiza los pasos que la relojería ha seguido a lo largo de su historia. Desde el reloj solar primigenio hasta los engranajes mecánicos e incluso algunas alternativas digitales vigentes. Te recomiendo que le eches un vistazo para empatizar con la disyuntiva actual.
Sea como fuere, cada evolución ha entrañado una consigna clara: perfeccionar al predecesor para satisfacer las nuevas necesidades sociales. Y, si somos justos, cada una ha supuesto la incorporación de ciertas mejoras a cambio de sacrificar características del modelo previo. Por ejemplo, el reloj de agua o clepsidra solventó el problema de los relojes solares para saber el tiempo de noche o en días lluviosos. A cambio, se desechó por completo la funcionalidad solar.
De igual forma, considero que el punto de no retorno para la relojería analógica aconteció en 1956, cuando Bulova desarrolló uno de los primeros relojes electrónicos. Durante los años 70, el Hamilton Pulsar tomó el testigo para que, a finales de los 80, acabase democratizándose con el Casio F-91W. Sin duda, pilares esenciales para que posteriormente se desarrollase el Seiko Ruputer, el padre de los smartwatches y del verdadero villano de esta historia: el Apple Watch.
Un mercado relojero diverso ofrece multitud de opciones adaptadas a las necesidades de cada usuario. Aunque, como punto negativo, el público puede sentirse abrumado y confuso ante un mar de alternativas. Es por ello que estimo conveniente la siguiente pregunta: ¿la sociedad realmente sabe qué es un reloj?
El test del reloj.
Desde hace más de un siglo existe una prueba que no solo determina qué es un reloj, sino también cómo se interpreta su lectura. El test del reloj es una prueba diseñada a principios del siglo XX que se popularizó en torno a 1915 para evaluar a soldados de la Primera Guerra Mundial con apraxia derivada de heridas en la cabeza.
El procedimiento era tan sencillo como revelador. Sobre una hoja en blanco, cada paciente disponía de entre 2 y 3 minutos para dibujar la esfera de un reloj, colocar los números del 1 al 12 en orden y dibujar las agujas a una hora específica. De esta forma, el dibujo requería un esfuerzo cognitivo complejo que permitía evaluar diferentes aspectos. Por un lado, la memoria semántica demostraba si recordaba qué era y cómo funcionaba un reloj. Por otro, la praxia constructiva demostraba si sabía dibujarlo físicamente, y la capacidad visoespacial determinaba su destreza para organizar los números en círculo.
Si bien la mayoría de los pacientes superaban la prueba, algunos mostraron indicios de patología. Entre los errores más comunes destacaron problemas con las agujas, dibujando más de las convenientes o posicionándolas de manera errónea. Por ejemplo, la incapacidad para comprender que representar 12:20 implica que la aguja de las horas marque las 12 y la de los minutos el 4.
Evidentemente, el objetivo de este artículo no es reflexionar sobre heridos de guerra, sino sobre las nuevas generaciones. Para ello podemos tomar como referencia “Investigación de las habilidades de lectura del reloj en estudiantes de tercer grado con y sin riesgo de discalculia”, un estudio realizado en 2020 por la Universidad Alparslan de Turquía. Este analizó a 290 alumnos de 3.º de primaria, determinando ciertas dificultades para leer relojes. Entre ellas destacaron problemas generalizados como la dificultad para dibujar correctamente la hora o la confusión entre las manecillas de horas y minutos.
En este caso nos encontramos ante una tesitura muy distinta. A diferencia de los soldados, los niños estaban sanos y en plenas condiciones, independientemente de sus características. Por ello debemos retomar la cuestión anterior frente al horizonte de una posible reformulación. Quizás el problema no reside en que la sociedad no sepa qué es un reloj. Simplemente, su concepto de reloj es distinto.
¿Ha cambiado el concepto de reloj?
Es un hecho, el reloj analógico ha ido perdiendo presencia y cuota de mercado frente a relojes digitales o smartwatches. De acuerdo con las últimas cifras, 3 de cada 10 personas siguen llevando relojes analógicos, mientras que el resto se reparte con mayor presencia del smartwatch. Parece que la tendencia digital, acrecentada durante las últimas décadas, empuja inexorablemente al reloj analógico hacia el abismo. Una popularización que puede suponer un cambio de tendencia y, por tanto, un nuevo paradigma sobre el concepto de reloj en las nuevas generaciones.
Un cambio que no solo se ha producido en relojería, sino también en telefonía, como ilustra el siguiente ejemplo. ¿De qué manera representarías una llamada telefónica mediante tu mano? Probablemente pensarías en un teléfono tradicional e intentarías emularlo cerrando el puño y abriendo los dedos pulgar y meñique. De acuerdo con algunos estudios, las personas nacidas durante el siglo XXI imitan este gesto de forma distinta. Su esquema mental de teléfono ha cambiado, sustituyendo el tradicional por el smartphone. Por consiguiente, imitan una llamada telefónica abriendo la palma de la mano, reproduciendo el gesto de sostener la pantalla táctil de cualquier móvil actual.
Precisamente, tal y como afirma “La prueba del dibujo del reloj (CDT) en la era digital: bajo rendimiento de los adultos de la Generación Z”, ese uso generalizado de pantallas digitales es el responsable del nuevo paradigma en el sector relojero. La digitalización ha llegado a los relojes, provocando la impopularidad del modelo analógico y, por tanto, influyendo en que las nuevas generaciones obtengan un diagnóstico fallido en el citado test del reloj.
Ante esta nueva tesitura, parece evidente que el concepto que las nuevas generaciones tienen sobre los relojes es completamente distinto al convencional. ¿Pero qué riesgos supone?
El nuevo paradigma relojero. ¿Qué supone?
Puesto que el primer paso es aceptarlo, debemos reconocer que nos encontramos ante un paradigma inédito en el mundo de la relojería. Sobre esa base, es necesario analizar la situación para evaluar posibles riesgos y anticiparnos, en la medida de lo posible, a escenarios más complejos.
De manera irónica, se produce una paradoja generacional. Cada vez proliferan más adolescentes capaces de programar aplicaciones o controlar interfaces complejas, pero dudan ante un reloj de agujas. No es falta de inteligencia, sino de exposición. Cuando una habilidad deja de ser necesaria, el cerebro deja de practicarla. Lo que no se practica se desvanece, y de ahí surge una pérdida silenciosa: el hábito de interpretar las agujas.
Es cierto, saber leer un reloj analógico no es una habilidad esencial para sobrevivir en la actualidad, pero sí constituye una forma distinta de comprender el tiempo. Observar la posición de las manecillas entraña una pequeña gimnasia mental que conecta percepción visual, cálculo y anticipación. De ese modo, cuando miramos un dial no solo sabemos la hora, sino también cuánto tiempo ha transcurrido o cuánto falta para un evento concreto.
En cierta forma, incluso se ha producido una desvirtuación del tiempo en función de cómo lo observamos. Anteriormente, el tiempo se concebía como algo que se movía y que, por tanto, pasaba: una experiencia visual mediante la sombra desplazándose, la arena cayendo o la aguja avanzando. Actualmente ocurre lo contrario. El tiempo no se observa, se consulta, con números que cambian sin ningún tipo de transición perceptible.
Por consiguiente, el resultado es sutil pero significativo. La lectura ya no es un fenómeno narrativo, sino numérico y, por tanto, el tiempo ha adquirido una categoría más abstracta. Ya no lo vemos avanzar; simplemente comprobamos que ha avanzado.
¿El reloj está en peligro de extinción?
Se suele creer que cualquier tiempo pasado fue mejor. Un pensamiento no siempre certero, probablemente lastrado por la nostalgia y el romanticismo. Históricamente, el ser humano nunca ha estado completamente preparado para los cambios, independientemente del contexto. Algo que el psicólogo y divulgador científico Steven Pinker define como «progresofobia». En esencia, más allá del miedo o rechazo al avance humano, se trata de la negación del progreso pese a las evidencias científicas y estadísticas. Un fenómeno que ha acompañado a la historia de la humanidad desde acontecimientos como el descubrimiento del modelo heliocéntrico, la Ilustración o la Revolución Industrial, que despertó movimientos radicales de protesta como el ludismo.
Esto se debe a que detrás de cada reloj existe un componente histórico y cultural propio, más arraigado de lo que parece. El reloj solar expresó la dependencia de la naturaleza. La clepsidra simbolizó la regulación social. El reloj mecánico representó la disciplina industrial. El digital encarna la inmediatez tecnológica. Y finalmente, el smartwatch refleja la hiperconectividad actual. Cada uno cuenta una historia sobre cómo cada sociedad entendió y se relacionó con el tiempo. Por ello es necesario evitar juicios de valor y analizar el panorama desde la mayor neutralidad posible.
Retomando la disyuntiva inicial, la involución o transformación del reloj, conviene ser prudentes. Hablar de involución puede resultar arriesgado, puesto que la historia humana está llena de avances que han implicado renuncias. El paso del analógico al digital no es un retroceso técnico, sino un cambio de habilidades. La verdadera pregunta no es si es peor, sino qué estamos dejando atrás.
La opinión de Ismael (@itscrownguard)
Si proyectamos en el tiempo la línea evolutiva de la relojería, es posible que la dinámica tienda hacia su desaparición. Las previsiones más extremas auguran un futuro sin relojes, en el que la hora se proyecte en lentes o superficies. En ese escenario, la existencia de un dispositivo dedicado exclusivamente a medir el tiempo podría resultar tan extraña como ver hoy un reloj solar en una plaza.
De manera irónica, hemos creado instrumentos capaces de contar cada segundo mientras progresivamente olvidamos cómo observar el paso del tiempo. Por ello, la comunidad relojera actual podría representar la última estirpe de una tradición milenaria. Y con ello, como garantes del tiempo, debemos asumir la responsabilidad de mantener una transmisión intergeneracional. No porque los relojes sean simplemente maravillas técnicas capaces de medir el tiempo, sino porque constituyen una manifestación antropológica y cultural de nuestro pasado.

Ismael (@itscrownguard)
«El conocimiento es la única riqueza que se puede transmitir sin empobrecerse». Entre la historia, el arte y la pasión relojera. ¡Ahora en Estrase!














