
Vacheron Constantin. Un homenaje a la civilización humana.
Hay marcas que se limitan a fabricar buenos relojes. Otras crean piezas singulares que perduran en la historia. Entre todas ellas, Vacheron Constantin es de las pocas capaces de fusionar ambas desde su fundación en 1755. Buena prueba de ello ha sido la colección Métiers d’Art que, junto al museo del Louvre, rinde tributo a las grandes civilizaciones de la historia.
Una entrega que reinterpreta la original de 2022 y que, pese a sus novedades, desafortunadamente ha quedado opacada durante la vorágine del reciente Watches & Wonders 2026. Motivo por el cual este artículo profundiza en una colaboración, a priori inconnexa, en la que arqueología y relojería se fusionan creando una simbiosis inigualable. La pregunta está servida: ¿cómo se pueden condensar siglos de historia en tu muñeca?
Gloria al pasado. Honor al futuro.

Vacheron Constantin x Le Louvre Métiers d’Art “Tribute to Great Civilisations” (2022) © Yanko Design
Antes de abordar cada pieza, es conveniente profundizar en la génesis de esta colaboración. En 2022, los conservadores del Departamento de Antigüedades del Museo del Louvre tuvieron un encuentro en Ginebra con los mejores diseñadores de Vacheron Constantin. La idea era tan clara como ambiciosa: nutrirse de las obras del museo para materializar las grandes civilizaciones de la historia en un reloj. Ni corto ni perezoso, Vacheron aceptó el reto y representó la Gran Esfinge de Tanis (Egipto), el León de Darío (Mesopotamia), la Victoria de Samotracia (Grecia) y el Busto de Augusto (Roma) en un reloj.
Sobre ese precedente, 2026 trae de vuelta la colección desde una perspectiva distinta. Compartiendo la misma premisa, esta nueva entrega sintetiza cada civilización con obras, pero también con técnicas distintas. El proyecto ha tomado tres años de trabajo y una exigencia que resulta casi insólita en un sector que habitualmente se contenta con la mera referencia visual. Todo ello con un reto en el horizonte: continuar y mejorar una colección que ya supuso un antes y un después en la industria.
Una colección limitada a 15 ejemplares por cada uno de los 4 modelos, en la que todos comparten el mismo soporte. Un reloj con caja de 42 milímetros de diámetro, construido en oro blanco y rosa de 18 quilates, que monta el calibre 2460 G4/2.
Un movimiento fiable y de calidad que, más allá de su finura técnica —27 rubíes, 40 horas de reserva de marcha y 28.800 alternancias por hora—, destaca por diales con una lectura particular. Independientemente de los motivos decorativos de cada esfera, la pieza muestra la hora, los minutos, el día de la semana y del mes a través de ventanas abiertas sobre discos móviles.
Un calibre complejo formado por 237 componentes y con un nivel de acabados exquisito. Motivo por el cual recibe el Poinçon de Genève —el Sello de Ginebra, distinción que certifica los más altos estándares de acabado del cantón—. Entre todo ello, cabe destacar su rotor de oro, una interpretación de la fachada del antiguo palacio barroco sobre el que se levanta el Museo del Louvre. Un guiño a la propia colección, que ensalza el componente clásico del museo en detrimento de la parte contemporánea que se asocia a la archiconocida Pirámide de Pei.
El Busto de Akhénaton. Una herejía faraónica en oro blanco.
El faraón Akhénaton, también conocido como Amenofis IV, fue uno de los gobernantes más controvertidos del Antiguo Egipto. A mediados del siglo XIV a.C. instauró el periodo de Amarna: una de las etapas más convulsas y disruptivas de su historia, por revolucionar la cultura preestablecida imponiendo un culto monoteísta basado en el dios Atón, trasladando la capital de Tebas a Amarna y transformando los cánones artísticos. Motivos suficientes por los que el museo se hizo con uno de sus bustos como testimonio de la singularidad de su mandato.
La traducción de esa figura a un reloj es, cuanto menos, sorprendente. La esfera y la caja están construidas en oro blanco de 18K y hacen de marco para lo verdaderamente importante: un aplique central que emula el busto del faraón. Más allá del parecido físico, la ejecución es excelsa. Esculpido en piedra caliza de la península del Sinaí y ejecutado en glíptica —la esfera del reloj rinde el mejor homenaje implementando la misma piedra y técnica de grabado que el busto original—.
Por si fuese poco, la escena central está rodeada por un friso exterior inspirado en el collar de Nakhti. El resultado es un alarde técnico que combina la marquetería de piedra con un anillo azul turquesa que rodea motivos vegetales realizados mediante la técnica del champlevé —líneas con hilos de oro que dibujan formas rellenas de esmalte—.
El Lamassu de Sargón II. El guardian relojero.
Dentro de la iconografía antigua, el Lamassu es una de las imágenes más poderosas de la cultura mesopotámica. En esencia, criaturas colosales —cuerpo de toro o león, cabeza humana, alas de águila— que custodiaban las puertas de los palacios asirios como guardianes sobrenaturales. El ejemplar de Sargón II, conservado en el Louvre, fue excavado en Khorsabad en el siglo XIX y mide más de cuatro metros de altura.
Condensar su esencia en un dial de 42 milímetros sin perder su monumentalidad requiere toda una proeza, y Vacheron lo ha conseguido con una técnica admirable. El Lamassu está tallado en piedra caliza italiana, con una pátina que recrea el envejecimiento de la piedra original. Una representación tremendamente naturalista y con un nivel de detalle digno del original.
Detrás, el fondo recrea las plumas mediante la técnica del champlevé en piedra y un interior policromado en esmalte flinqué: una decoración que no solo genera una sensación de movimiento y profundidad, sino una explosión de color que contrasta a la perfección con la figura del primer plano. Todo ello rodeado por un friso exterior en oro grabado, basado en una pintura de 1863 conservada en el propio Louvre que representa la visita del Pachá de Mosul a las excavaciones de Khorsabad.
La Athéna de Velletri. Haz el reloj, no la guerra.
La Athéna de Velletri es una de las esculturas griegas más admiradas del Louvre —junto a la Victoria de Samotracia de la colección de 2022—. Descubierta en el siglo XVIII cerca de Roma —de ahí su apellido italiano—, representa a la diosa guerrera y protectora de Atenas con un yelmo corintio, lanza y escudo. Esculpida en mármol de Paros, al igual que otros originales de Fidias o Praxíteles, cuenta con todo el saber hacer de la escultura clásica. Más allá de la finura técnica, con un bajísimo relieve propio del schiacciato renacentista, Atenea representa a la perfección el ethos: esa expresión contenida e indolora tan característica de las obras griegas.
También merece mención el aplique que acompaña a la diosa. En un plano más trasero, e inspirándose en un ánfora de Milo del siglo V a.C., se representa la batalla entre gigantes y dioses desde carros de guerra. Una escena dinámica —con la posición en corveta de los caballos— que se contrapone con la serenidad de Atenea, estableciendo un contraste singular. La escena se cierra con dos anillos concéntricos: un intermedio con decoración vegetal en esmalte champlevé negro, inspirado en una crátera pintada por Egisto, y un último con patrones rítmicos que rematan la esfera con un toque ornamental.
El Tíber del Museo Campense. Un mosaico en tu muñeca.
La última pieza es, quizá, la más rica a nivel narrativo. El Tíber —la deidad fluvial de Roma— fue una de las representaciones más veneradas del panteón romano. La figura conservada en el Louvre procede de un templo dedicado a la diosa egipcia Isis en el Campo de Marte, lo que ya habla de esa fascinante mezcla cultural que fue Roma: una civilización que absorbía los cultos de los pueblos conquistados con la misma voracidad con que expandía sus fronteras.
Este reloj, también en oro rosa de 18K, despliega quizá la mayor densidad técnica de los cuatro. Sobre una base de oro texturizado que aporta luminosidad emerge el protagonista: una alegoría del Río Tíber tallada en mármol italiano con una pátina que replica la del original.
Lo verdaderamente excepcional es el aplique del fondo: un micro-mosaico. Una técnica que combina diferentes teselas —fragmentos de piedra o vidrio de a veces menos de un milímetro— para construir una imagen con precisión casi fotográfica. Hacerlo en tamaño habitual ya es complejo; en una esfera de reloj, requiere una destreza manual que roza lo inverosímil. Un friso exterior con motivos florales grabados en nácar blanco enmarca y cierra la escena.
La opinión de Ismael (@itscrownguard)
Esta colaboración entre Vacheron Constantin y el Louvre puede llegar a ser muy controvertida, dando lugar a opiniones completamente polarizadas. Por un lado, los detractores y puristas del arte pueden considerarla innecesaria y hasta cierto punto una farsa. Si bien se siguen técnicas tradicionales, pese al artificio de cada esfera no dejan de ser réplicas de las obras originales. Muchos pueden creer que se trata de algo absurdo, que la relojería no necesita meter una escultura dentro de una esfera. Ahora bien, abolido ese prejuicio pragmático y simplista, la colaboración empieza a adquirir valor de manera exponencial.
Por otro lado, en la facción en la que me incluyo —y que contempla esta colaboración con admiración—, creo que únicamente puede tildarse como exquisita. Independientemente de los valores técnicos y puramente mecánicos, que viniendo de Vacheron Constantin se presuponían a la altura, cada pieza está concebida con un mimo excelso: desde la rigurosidad histórico-artística y arqueológica que sustenta el diseño de cada una, hasta la diversidad de técnicas y materiales implementados.
Sin duda, una colección que demuestra por qué nos gusta la alta horología. No por el absurdo de los precios o la banalidad de la reventa, sino porque los relojes se utilizan como lienzos en blanco: soportes en los que, más allá de lo puramente técnico, se escenifican verdaderos estudios antropológicos que, desde una perspectiva histórico-artística, rinden tributo a la civilización humana.
Especificaciones Técnicas

Ismael (@itscrownguard)
«El conocimiento es la única riqueza que se puede transmitir sin empobrecerse». Entre la historia, el arte y la pasión relojera. ¡Ahora en Estrase!





































