
Salvador Dalí y los relojes. Cuando el tiempo se volvió surrealista.
La historia de la relojería siempre ha estado ligada al utilitarismo. Aunque no por ello se ha desdeñado el componente artístico, un aspecto clave en un sector en el que la innovación se torna cada vez más compleja y que, por ende, necesita crear diseños distintos y rompedores constantemente.
La Historia del Arte nos ha enseñado que la inspiración es una chispa, un momento de lucidez proveniente de cualquier experiencia subjetiva u onírica. Entre todo ello, Salvador Dalí supo emerger en un contexto complicado, impulsando un estilo muy personal que empujó las barreras del arte hasta límites surrealistas. Por ese motivo, este artículo no versa sobre su colección, sino sobre el impacto que el artista tuvo sobre algunos de los relojes más emblemáticos de la historia.
Salvador Dalí y el Surrealismo.
Salvador Domingo Felipe Jacinto Dalí i Domènech siempre fue un artista particular. El español nació en Figueras en 1904 y desde muy joven demostró que estaba tocado por la varita. Con una infancia complicada en el ámbito familiar, su estilo fue evolucionando durante su época de formación hasta que en 1922, con tan solo 18 años, decidió dar el salto a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid.
Allí conoció a las mentes más creativas de su contexto, entablando amistades que marcarían su vida y obra, como las del poeta Federico García Lorca y el cineasta Luis Buñuel, entre otros. Sin embargo, la ciudad que terminaría forjándolo fue París. Epicentro de las vanguardias —véase el Cubismo con Picasso— donde Dalí se rodeó de figuras como André Breton, autor del Manifiesto Surrealista (1924).
El Surrealismo es un movimiento artístico que —inspirado en La interpretación de los sueños de Sigmund Freud (1900)— defendía la primacía del inconsciente sobre la razón, la exploración del sueño como territorio artístico y la asociación libre de imágenes aparentemente incompatibles. Dalí no solo abrazó este movimiento, sino que lo impulsó creando su propio método paranoico-crítico: una inducción voluntaria de estados alucinatorios para luego plasmarlos con precisión fotográfica en su pintura. Tal y como lo describía él mismo: «fotografías de sueños pintadas a mano».
La persistencia de la memoria en la relojería ¿Inspiración o cuento?
El significado tras la obra.
De toda la obra daliniana, hay una que trasciende el mundo del arte para instalarse en la cultura popular y, por extensión, en la relojería. La persistencia de la memoria, también conocida como Los relojes blandos, es un óleo sobre lienzo que en 1931 cambió la forma de percibir el tiempo.
Según su propia autobiografía, Dalí la pintó una tarde en que, cansado y con dolor de cabeza, rechazó ir al cine con Gala. Mientras reflexionaba sobre la blandura del queso Camembert que acababa de degustar, visualizó de repente los relojes derretidos sobre un paisaje que ya tenía pintado. Cuando Gala regresó, la obra estaba terminada.
El cuadro representa una playa desierta inspirada en el Cap de Creus. En ese paisaje conviven cuatro relojes con significados distintos: tres de ellos se deforman y derriten, transmitiendo que el tiempo es maleable y subjetivo en el mundo de los sueños. El cuarto, rígido y cubierto de hormigas, representa la angustia de la mortalidad: el único que no se dobla porque simboliza el tiempo lineal que nos conduce inevitablemente hacia la decadencia. En el centro, una figura antropomorfa —posible autorretrato del artista— duerme mientras todo se deforma a su alrededor, sugiriendo que la memoria es lo único que persiste cuando el tiempo cronológico pierde el sentido. Una visión que entronca directamente con la Teoría de la Relatividad de Albert Einstein: el tiempo no es absoluto, sino relativo al observador.
El Cartier Crash. La realidad del mito.
Pocas piezas en la historia de la relojería han generado tanto mito como el Cartier Crash. Y uno de esos mitos tiene nombre propio: que su diseño se inspiró en los relojes blandos de Dalí. Una historia enormemente seductora que, sin embargo, carece de respaldo documental sólido.
La leyenda más extendida sostiene que en 1967 un cliente llevó a la boutique londinense de Cartier un Baignoire Allongée deformado en un accidente de automóvil, cuya forma retorcida habría inspirado el diseño. Una historia hermosa, digna de película, aunque casi con toda seguridad, un mito.
La realidad es que los años sesenta eran una época de pleno inconformismo en Londres. Varios clientes fieles, entre ellos el actor Stewart Granger, llevaban tiempo pidiendo algo radicalmente distinto. Jean-Jacques Cartier, al frente de la filial londinense, trabajó con el diseñador Rupert Emmerson para explorar cómo ajustar el popular Maxi Oval y lograr que pareciera haber sufrido un accidente. Francesca Cartier Brickell, nieta de Jean-Jacques y autora de The Cartiers: The Untold Story of the Family Behind the Jewelry Empire, desmiente de manera explícita tanto el mito del accidente como la supuesta conexión con Dalí. Eso no impide que muchos sigan relacionando ambas cosas: cuando algo se parece tanto a otra cosa, la mente tiende a construir puentes aunque no existan.
Exaequo Softwatch. El homenaje que acabó en pausa.
Si el Cartier Crash es el reloj que erróneamente se asocia a Dalí, el Exaequo Softwatch es exactamente lo contrario. Un reloj nacido como homenaje explícito al pintor catalán que, precisamente por eso, vivió una historia tan accidentada como fascinante.
La empresa suiza, fundada en Ginebra en 1990, lanzó una caja sinuosa y asimétrica que evocaba sin ambigüedades la silueta de los relojes blandos dalinianos. Internamente siempre se llamó el «Dalí», aunque las primeras versiones no llevaban ese nombre en el dial: la primera era completamente neutra; la segunda lucía solo la palabra Softwatch. Fue la tercera —el llamado «Dali Dial», con la firma del artista estampada en la esfera— la que complicó las cosas. La Fundación Dalí no autorizó el uso de la firma, lo que generó un conflicto que obligó a la marca a detener su actividad durante más de una década.
Los Softwatch fueron redescubiertos en 2010 gracias a un coleccionista italiano que impulsó su relanzamiento bajo nuevas bases. Hoy son piezas codiciadas entre aficionados a la relojería y al surrealismo, y cuentan con admiradores como Paul McCartney. Su modelo más reciente, el Melting watch, colabora directamente con el artista y pone la esencia de su obra en tu muñeca.
El Ojo del Tiempo. La joya que Dalí concibió para Gala.
Para hablar de los relojes que Dalí realmente hizo, hay que adentrarse en una faceta menos conocida del genio ampurdanés: la de diseñador de joyas.
Entre 1940 y 1970, Dalí diseñó 39 piezas en colaboración con los joyeros americanos Alemany y Ertman, una producción paralela a su pintura que entendía en los mismos términos: arte total, sin jerarquías entre soportes. La corona de esa colección es, sin duda, El Ojo del Tiempo. Concebido en 1949 como regalo para Gala, reúne los dos símbolos más obsesivos de su iconografía: el ojo y el reloj. El contorno del ojo está realizado en platino con diamantes en talla brillante y baguette, del que pende una lágrima, y un único rubí rojo ocupa su esquina derecha. La pupila, el iris y la esclerótica están coloreados en tres tonos de esmalte azul zafiro, y en su interior late un Movado 50SP del que pueden verse las agujas, las horas y la firma del artista. El conjunto mide unos siete centímetros. Es, en todos los sentidos, un objeto de meditación sobre el tiempo y la mirada.
Su historia posterior no es menos fascinante. En 1941, veintidós joyas de Dalí fueron adquiridas por el banquero filántropo de Filadelfia Cummins Catherwood. En 1958 la colección pasó a la Owen Cheatham Foundation, pero hubo una pieza de la que la señora Catherwood no quiso separarse del todo: El Ojo del Tiempo. Al pedirle a Dalí un ejemplar que pudiera conservar, él accedió, dando lugar a una segunda versión de la joya. En total se conocen cuatro ejemplares: uno vendido por Sotheby’s en 2014 por 1.055.000 dólares, otro en una colección real europea, y el que hoy puede contemplarse en la exposición permanente Dalí-Joyas de la Fundació Gala-Salvador Dalí.
La colaboración con Piaget. Cuando el lujo encontró al Surrealismo.
El vínculo de Dalí con la relojería no se limitó a la joyería propia. En 1967, el mismo año en que Cartier Londres presentaba el Crash, Dalí protagonizaba en Suiza una colaboración más discreta pero igualmente significativa.
Ese año, Piaget adquirió los derechos para utilizar sus diseños en una colección de edición limitada. El encuentro no era casual, ambos compartían el amor por el oro y una visión del objeto de lujo que trascendía lo funcional. Piaget atravesaba además un momento de plena apertura creativa —en 1963 había lanzado su primera colección de relojes con piedras ornamentales en la esfera, atrayendo la atención de personalidades como Jackie Kennedy, Elizabeth Taylor y Sophia Loren— y era, por tanto, terreno natural para Dalí.
El resultado fue una colección de piezas de joyería-relojería que lucían las llamadas Dalí d’Or: medallas en oro diseñadas por el propio pintor y su esposa Gala, integradas por Piaget en sus creaciones. No eran relojes de formas retorcidas ni guiños surrealistas evidentes, sino una fusión de dos estéticas doradas y opulentas unidas por una convicción compartida: la de que el objeto bello existe más allá de su utilidad. Desde piezas con materiales exóticos como diales en ónyx y caja de oro grabada hasta coin watches (relojes moneda) con el rostro de Dalí y Gala.
Para Piaget, esta colaboración abrió la puerta a otras alianzas artísticas similares, entre ellas la mítica relación con Andy Warhol en los años setenta. Para Dalí, fue una demostración más de que su universo creativo no conocía fronteras: ni de soporte, ni de material, ni de disciplina.
La opinión de Ismael (@itscrownguard)
Salvador Dalí fue un genio. Polémico y transgresor, nos demostró la realidad del tiempo y una paradoja en este nicho: aquella en la que un reloj, un artilugio plenamente objetivo, carece de sentido para medir el tiempo, un aspecto completamente dinámico y distorsionado que cada cual percibe de manera subjetiva.
Por ese motivo, más allá de ejemplos como el Cartier Crash o el Exaequo que rememoran al artista, Dalí prefirió deleitarnos con una obra donde arte y relojería se encuentran. El Ojo del Tiempo es una metáfora en platino y esmalte en la que el tiempo no es solo una magnitud, sino una experiencia subjetiva que cada cual interpreta a su manera. La prueba de que la relojería es una afición unipersonal que carece de sentido, pero que compartimos colectivamente cargada de emoción.

Ismael (@itscrownguard)
«El conocimiento es la única riqueza que se puede transmitir sin empobrecerse». Entre la historia, el arte y la pasión relojera. ¡Ahora en Estrase!




























