¿Por qué un minuto son 60 segundos y no 100?

Publicado el: 07/10/2026|9 minutos de lectura|

Detrás de un acto tan inocente como consultar la hora se esconde una historia fascinante de miles de años. Y es que, sin saberlo, los minutos que lees en tu dial usan un sistema de conteo de más de 4.000 años. Un sistema que, en su origen, ni siquiera se diseñó para leer la hora —pues los relojes tal y como los conocemos hoy no existían—, pero que ha acabado dejando un legado único en cada esfera: 360 grados entre los que se reparten 60 minutos y 60 segundos. Pero, ¿por qué 60 y no 100? La respuesta empieza en Mesopotamia y termina, literalmente, en un átomo.

Mesopotamia y el número 60. El origen del reloj.

Estandarte de Ur © Wikipedia

Para comprender la génesis de este sistema, debemos retroceder 4.000 años, a la Mesopotamia de los sumerios. Ellos no contaban de 10 en 10 como nosotros, sino de 60 en 60. La razón no alude a ninguna superstición o creencia, sino a simple practicidad matemática: el 60 es un número extraordinariamente divisible entre 2, 3, 4, 5, 6, 10, 12, 15, 20 y 30 de forma entera, sin decimal alguno. El 100, en cambio, admite muchos menos divisores limpios. Esta cuestión permeó cada ámbito de la vida sumeria, literalmente: desde las cosechas y las parcelas hasta los impuestos o las jornadas de trabajo entre varias personas, resultaba mucho más eficiente repartirlo todo entre 60 que entre 100.

No obstante, queda otra cuestión abierta: ¿por qué precisamente el 60? Desde un punto de vista antropológico, el 60 esconde una historia curiosa vinculada con la anatomía humana. Se cree que los mercaderes mesopotámicos contaban usando las doce falanges de los cuatro dedos largos de una mano (con el pulgar recorriéndolas como puntero) y multiplicaban esa docena por los cinco dedos de la otra mano: 12 × 5 = 60. Es decir, utilizaban una especie de ábaco corporal, literalmente en la palma de su mano.

Sobre esta premisa, los babilonios heredaron ese sistema sexagesimal de los sumerios y dieron un salto conceptual crucial para la relojería actual: lo aplicaron al círculo. De esa forma, dividieron una circunferencia en 360 grados —múltiplo perfecto de 60—, probablemente influenciados también por la cercanía de ese número con los días del año. Por consiguiente, nació una distribución angular de la que acabaría bebiendo la lógica de instrumentos posteriores, como el reloj solar.

Ábaco Corporal © ULUM

Solar © Castor Watches

De Ptolomeo al mar. La evolución del minuto.

Claudio Ptolomeo © Wikipedia

El modelo Ptolemaico © Cosmos y Matemáticas

La innovación mesopotámica, al igual que en otros campos, se mantuvo vigente durante siglos. Las culturas posteriores y vecinas se beneficiaron de sus aportaciones, destacando el caso de los griegos y, en especial, de Claudio Ptolomeo. En su obra Almagesto (siglo II d. C.) recogió el guante sumerio para llevar la subdivisión un paso más allá: dividió cada grado del círculo en una primera parte pequeña —en latín, pars minuta prima— y esa, a su vez, en una segunda parte pequeña —pars minuta secunda—. Como estarás pensando, de ahí vienen —literalmente— las palabras minuto y segundo, no como una traducción libre ni casual, sino como una evolución etimológica exacta.

No obstante, esta disruptiva invención permaneció prácticamente sin uso durante casi mil años. Los minutos y los segundos se mantuvieron como una herramienta prácticamente exclusiva de astrónomos y matemáticos para medir ángulos y posiciones de los cuerpos celestes. Nadie los usaba en el día a día, pues no existía una necesidad práctica real para saber la hora con esa precisión.

Y es que, durante la Edad Media, la hora cotidiana era un concepto flexible, completamente distinto a lo que entendemos en la actualidad: una concepción diametralmente opuesta a la medieval, pues el día —comprendido desde que amanece hasta que anochece— se dividía siempre en doce partes iguales, tanto en verano como en invierno. Es decir, una «hora» de junio podía durar bastante más que una «hora» de diciembre. Este sistema de horas desiguales regía, entre otras cosas, las jornadas de trabajo o los horarios litúrgicos de la Iglesia, marcados por campanas.

El minuto tal y como lo entendemos —una unidad fija, idéntica a cualquier hora del año— no existió de verdad hasta el siglo XIV, con la llegada del reloj mecánico. Fue entonces cuando, por primera vez, un engranaje pudo dividir el tiempo en unidades iguales y repetibles, sin depender del Sol ni de las estaciones.

No obstante, el minutero tardó aún más en generalizarse: los primeros relojes mecánicos eran tan imprecisos —se desviaban varios minutos al día— que marcar los minutos con exactitud resultaba inútil, hasta que Christiaan Huygens desarrolló el reloj de péndulo, con un margen de error de apenas un minuto diario. El segundero tuvo un recorrido muy similar —igual de prescindible al principio— hasta que John Harrison desarrolló sus célebres cronómetros marinos en el siglo XVIII. Resolver el problema de la longitud en alta mar exigía un segundero preciso, pues un pequeño desajuste podía hacer que el barco se desviase de su ruta varios kilómetros.

Reloj de péndulo, Christiaan Huygens © MeisterDrucke

John Harrison © El Periódico

La revolución fallida del tiempo decimal. 

Toma de la Bastilla © Wikipedia

Reloj de bolsillo de doble esfera © Antiguedades Técnicas

La aportación sumeria resultó crucial para el desarrollo de la relojería, manteniéndose vigente durante siglos. No obstante, el sistema sexagesimal también suscitó ciertas dudas, que alcanzaron su punto álgido durante la Revolución Francesa. En concreto, en noviembre de 1793, momento en el que se pretendió racionalizar hasta el último aspecto de la vida cotidiana con el tiempo decimal: Francia propuso un modelo conformado por días de 10 horas, horas de 100 minutos y minutos de 100 segundos. Por primera vez, el sistema sexagesimal tuvo un adversario, hasta el punto de que se llegaron a fabricar relojes de bolsillo de doble esfera —decimal y tradicional—, algunos firmados por maestros como Robert Robin, que hoy son piezas de museo extraordinariamente raras y codiciadas por coleccionistas.

Esta propuesta no pasó del mero experimento, pues tan solo se mantuvo durante 17 meses. El sistema sexagesimal estaba tan implantado que la sociedad se negó tanto a reaprender a leer la hora como a sustituir todos sus relojes de la noche a la mañana. Por consiguiente, el sistema decimal se abandonó definitivamente en abril de 1795. Una vez más, el sistema sexagesimal se impuso por goleada, manteniéndose impertérrito hasta la actualidad.

Del Sol al átomo de cesio.

Durante toda esta historia, el tiempo se ha medido mirando al cielo: el Sol, la Luna y el giro de la Tierra sobre sí misma. Sin embargo, existe un problema: la Tierra no es un reloj perfecto. Su rotación varía ligeramente día a día —por las mareas, por el movimiento del núcleo terrestre, incluso por los terremotos— así que, si basas la definición del segundo en algo que se mueve de forma irregular, tu «segundo» tampoco será del todo constante.

Como respuesta a dicha imprecisión, la solución llegó de un sitio totalmente inesperado: el interior de un átomo. Todo átomo de cesio, en un momento dado, cambia de «estado energético» y, al hacerlo, emite una radiación que vibra siempre exactamente a la misma frecuencia, sin variar jamás ni una milésima. Es como si hubiéramos encontrado el péndulo más perfecto y fiable del universo: uno que nunca se acelera, nunca se retrasa y nunca envejece.

Desde 1967, los científicos decidieron usar precisamente eso como definición oficial del segundo. En lugar de contar el giro de la Tierra, contamos las vibraciones de ese átomo. Concretamente, un segundo son 9.192.631.770 de esas vibraciones. Puede sonar a una cifra caprichosa, pero en realidad es el número exacto de «tics» que hacía falta contar para que ese nuevo segundo atómico coincidiera con el segundo tradicional al que ya estábamos acostumbrados.

Y aquí llega la parte más curiosa: puesto que el átomo de cesio es tan perfecto y la Tierra tan irregular, de vez en cuando ambos «relojes» se desincronizan un poquito. Para corregirlo, los organismos internacionales añaden un segundo extra a nuestros calendarios de forma puntual —el llamado segundo intercalar—, algo así como parar un momento el reloj atómico para dejar que la Tierra, más lenta y más antigua, le dé alcance.

La opinión de Ismael (@ismaeljlara)

La historia del minuto ha sido tan longeva como cambiante, generando una moraleja evidente: el tiempo es relativo, y la percepción que el ser humano ha tenido sobre él no siempre ha sido exacta. La tesitura de cada civilización ha sido más o menos laxa en términos de precisión, determinada por las actividades del día a día, pero la motivación de medirlo siempre ha estado presente como una necesidad vital.

Desde la innovación sumeria con el sistema sexagesimal hasta la disrupción durante la Revolución Francesa, la medición del tiempo ha pasado por diferentes etapas. En la actualidad, la evolución tecnológica reciente ha democratizado la hora, integrándola en multitud de objetos. Desde relojes mecánicos hasta microondas digitales, la voluntad de controlar el tiempo perdura como un fenómeno vital a nivel antropológico. Por ese motivo, la próxima vez que consultes la hora, recuerda que cada segundo de tu reloj es el resultado de una historia de más de 4.000 años.

Ismaeljlara

«El conocimiento es la única riqueza que se puede transmitir sin empobrecerse». Entre la historia, el arte y la pasión relojera. ¡Ahora en Estrase!

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2 Comentarios

  1. Yarnaldo Corsino 10/10/2026 a las 19:50 - Responder

    Muy buen contenido, no somos conscientes muchas veces que realmente el estrés del presente debido a llegar a tiempo y realizar todo rápido no es correlativo al pasado cuando nadie tenía un reloj y se dejaban llevar por el sol, algo muy lejos de nuestra realidad y me parece curioso ponerlo en perspectiva. Gracias por el artículo.

    • Ismaeljlara
      Ismaeljlara 10/10/2026 a las 22:53 - Responder

      No puedo estar más de acuerdo contigo. Vivimos tan sumidos en un mundo virtual que a veces no reparamos a apreciar la belleza que hay en cosas sencillas como la relojería. Por eso, nuestra misión es reivindicarla y luchar por su valoración. ¡Me alegro de que te haya gustado! 🤗

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