
El Agassiz de Charles de Gaulle. Un tributo al estoicismo.
La relojería guarda, entre sus piezas más extraordinarias, algo que ningún libro de historia puede recoger: la capacidad de congelar el tiempo en un objeto. Muchos relojes acompañaron a figuras célebres para la humanidad —desde primeros ministros hasta emperadores—, pero solo algunos glorifican la consecución de un hito histórico. Entre todos ellos, debemos destacar el reloj que Charles de Gaulle recibió tras la Segunda Guerra Mundial: una pieza que, más allá del lujo y el virtuosismo técnico, materializa la gratitud de un pueblo ante la resiliencia y el estoicismo aliados.
Charles de Gaulle. Tenacidad y patriotismo por bandera.
Antes de hablar del reloj, debemos entender la trascendencia de la figura a la que está ligado, porque si no comprendemos quién fue Charles André Joseph Marie de Gaulle, nos quedamos tan solo con un objeto bonito.
Oriundo de Lille, nació el 22 de noviembre de 1890 en el seno de una familia arraigada al mundo militar y católico, un entorno que acrecentó el sentimiento patriota que marcó su vida y que lo encumbró como oficial del ejército durante la Primera Guerra Mundial —donde combatió en el Somme y en Verdún—. Allí resultó herido y fue capturado como prisionero de guerra, intentando escapar en varias ocasiones sin éxito. Un hecho nada baladí: lo que para muchos habría sido un calvario, para él resultó una prueba que forjó su carácter.
Décadas después, las rencillas del pasado reaparecieron en forma de la Segunda Guerra Mundial. De Gaulle lideró una división acorazada y protagonizó algunas de las pocas contraofensivas exitosas del ejército francés. Sin embargo, la capitulación pactada por el mariscal Pétain selló un armisticio que De Gaulle rechazó, huyendo a Londres. Desde los micrófonos de la BBC —sin ejército pero con una convicción inquebrantable—, el 18 de junio de 1940 pronunció el discurso que lo auparía como símbolo de la resistencia: “Francia ha perdido una batalla, pero Francia no ha perdido la guerra”.
Durante su exilio recibió una condena a muerte —promulgada públicamente por el gobierno de Vichy— por supuesta traición. De nuevo, un obstáculo que no le impidió organizar las Fuerzas Francesas Libres, claves en la liberación de París junto a las tropas aliadas en agosto de 1944. Su proeza no solo se reconoció con un desfile por los Campos Elíseos, sino con la adjudicación del gobierno provisional francés hasta 1946 y el liderazgo de la Quinta República Francesa desde 1958.
Finalmente, el 9 de noviembre de 1970 falleció a los 79 años en Colombey-les-Deux-Églises, no en Lille. Una muerte que puso punto y final a una vida entera dedicada a la patria: fue el artífice de la Constitución francesa vigente y recibió el reconocimiento de toda una nación, que bautizó con su nombre al mayor aeropuerto del mundo francófono.
Agassiz Heure Universelle. Héroe de guerra.
El 8 de mayo de 1945, cuando Alemania firmó su rendición, Europa logró respirar por primera vez en años. No solo los países beligerantes, sino también una Suiza que, pese a su neutralidad, se había visto arrastrada por la guerra. Por ese motivo, un grupo de ciudadanos de Ginebra quiso expresar su gratitud mediante un reloj conmemorativo para cada líder aliado: Charles de Gaulle, Winston Churchill, Harry S. Truman y Joseph Stalin.
Para ello eligieron Agassiz & Co., una casa relojera fundada originalmente por la familia que daría lugar a Longines, con una reputación impecable en relojería de alta precisión. Definido ya el diseño, el encargo recayó en una figura poco conocida que rápidamente se labró un nombre en la industria.
Louis Cottier fue un relojero ginebrino procedente de una larga estirpe que, en 1931, perfeccionó una patente heredada de su padre: el mecanismo de Heure Universelle (hora universal). Una complicación sencilla pero elegante, que permitía leer simultáneamente la hora de 44 ciudades del mundo. Su maestría lo convirtió en proveedor habitual de marcas como Patek Philippe, Rolex, Vacheron Constantin y la propia Agassiz, produciendo tan solo 455 movimientos entre relojes de bolsillo, de pulsera y de sobremesa. Una producción minúscula, pero con un impacto insuperable.
Cottier recibió el encargo de los cuatro relojes en agosto de 1945, con la exigencia de tenerlos listos antes del 30 de noviembre para entregarlos como regalo de Navidad. Durante meses trabajó en secreto codo con codo con la Maison Wenger —que fabricó las cajas—, el maestro Michel Deville —que pintó el esmalte del dial— y Edgar Maier, encargado de grabar las inscripciones del reverso. La idea era que cada modelo contase con una iconografía propia, pero que todos compartieran una estética y una complicación común como hilo conductor: un gesto tan pragmático como simbólico, pues unificaba los cuatro rincones del planeta a través del mismo reloj.
Coraje y libertad. El espíritu de Juana de Arco en tu muñeca.
El resultado de meses de trabajo trasciende lo meramente técnico o estético para convertirse en algo histórico. En primer lugar, este reloj de bolsillo cuenta con una caja en oro amarillo de 18 quilates y 46 milímetros de diámetro: un material noble que le confiere un toque sofisticado y entraña un evidente valor simbólico ligado a la victoria.
Lo más especial, sin embargo, aguarda en la esfera. Más allá de su excelente legibilidad, lo primero que percibe el ojo es un círculo central con una figura enigmática. Realizada en esmalte cloisonné policromado con una precisión exquisita, emerge portando una armadura, sobre el agua, junto a un barco. Una imagen que no debería vincularse con ninguna personalidad concreta, de no ser por un detalle: su mano derecha sostiene la Cruz de Lorena, el símbolo por antonomasia de la Francia libre, asociado a la resistencia gaullista. Un elemento centenario que De Gaulle adoptó para las Fuerzas Francesas Libres durante toda la guerra —incluso en su exilio londinense— como firme oposición a la esvástica nazi. Por consiguiente, la figura representa a otra heroína que liberó a Francia, aunque en el siglo XV, durante la Guerra de los Cien Años: Juana de Arco.
Más allá de toda esta lectura iconográfica e histórica, la pieza acumula otros símbolos. La Cruz de Lorena sigue copando protagonismo: se repite también en la aguja de las horas, marcando el tiempo con el emblema de la resistencia. Un detalle tan sutil que resulta casi imperceptible, pero de esos que, una vez descubiertos, cambian por completo la percepción del conjunto. Por otro lado, el anillo exterior recoge los nombres de 44 ciudades del mundo, todos escritos en negro salvo una excepción: París. Escrito en dorado a las 12, ocupa un lugar de honor en homenaje a la ciudad que Charles de Gaulle había liberado.
Queda claro que el anverso ofrece una decoración de carga histórica y emocional evidente. El reverso, sin embargo, también esconde algún guiño más explícito. Vemos un mapamundi atravesado por una enorme «V» de la Victoria y, sobre ella, la inscripción personal: «1939 – General Charles de Gaulle – 1945». Una mención al principio y al final del conflicto que, a mi juicio, funciona más como metáfora que como dato histórico: convierte al General en el camino hacia la salvación, de principio a fin.
El reloj en la actualidad.
Una vez terminado, el reloj se entregó acompañado de una carta firmada por los miembros del grupo ginebrino y sellada con el escudo de la ciudad. Curiosamente, de las cuatro cartas dirigidas a los líderes aliados, solo la de Churchill estaba redactada en inglés; las demás, incluida la de De Gaulle, estaban escritas en francés.
Desde una perspectiva más contemporánea, de los cuatro relojes de la Victoria solo dos han aparecido públicamente en el mercado del coleccionismo. El de Churchill salió a subasta en Sotheby’s Londres en 2015, alcanzando las 485.000 libras esterlinas, muy por encima de la estimación inicial de entre 60.000 y 100.000 libras. Los relojes de Stalin y Truman permanecen en paradero desconocido: nunca han aparecido en ninguna subasta ni han sido documentados públicamente desde su entrega.
El de De Gaulle, sin embargo, reapareció recientemente en mayo de 2026, cuando Phillips lo incluyó como uno de los lotes destacados de su Geneva Watch Auction: XXIII. Si bien la estimación previa se situaba entre 300.000 y 600.000 francos suizos, el resultado superó ampliamente esas expectativas: el martillo cayó en 1.150.000 CHF, con un precio final —comisiones incluidas— de 1.460.500 CHF, aproximadamente 1,88 millones de dólares. Una cifra notable, aunque lejos de otros relojes icónicos que pertenecieron a personajes históricos.
La opinión de Ismael (@itscrownguard)
En relojería abundan las piezas excepcionales. Las hay técnicamente magistrales, estéticamente deslumbrantes y extraordinariamente escasas. Pero muy pocas consiguen que todos esos méritos pasen a un segundo plano: que uno las mire y piense, antes que en el mecanismo o en el esmalte, en lo que significaron para alguien.
El Agassiz de De Gaulle es uno de esos casos. Lo que me resulta más difícil de asimilar no es su complicación ni su iconografía —ambas sobresalientes—, sino la imagen de varios artesanos trabajando en secreto, con un plazo imposible, para que un objeto dijera lo que ningún discurso podía decir con la misma elegancia. Hay una generosidad silenciosa en ese gesto que la relojería, pocas veces, logra encarnar con tanta precisión.
Por eso este reloj no se entiende solo desde el coleccionismo ni desde la historia. Se entiende desde la gratitud: la de un pueblo que eligió, entre todos los lenguajes posibles, el más minucioso y el más duradero. Y eso, en última instancia, es lo que convierte una pieza extraordinaria en algo verdaderamente irrepetible.
Especificaciones Técnicas

Ismael (@itscrownguard)
«El conocimiento es la única riqueza que se puede transmitir sin empobrecerse». Entre la historia, el arte y la pasión relojera. ¡Ahora en Estrase!





















