
El Breguet de María Antonieta. La Mona Lisa de la relojería.
La obsesión de la humanidad por medir el tiempo ha gestado una relación con los relojes tan antigua como apasionante. A lo largo de la historia, grandes personalidades los han utilizado como símbolo de poder, método de expresión o muestra de gratitud. Sin embargo, hay ejemplares que no solo han medido el tiempo, sino que lo han desafiado. El que Abraham-Louis Breguet fabricó para la reina María Antonieta es buena prueba de ello: una pieza singular, adelantada a su tiempo y con una historia detrás —llena de revoluciones, robos y alardes técnicos— difícil de igualar.
Un suizo en Versalles.
Esta historia comienza con el que para muchos es el padre de la relojería, Abraham-Louis Breguet. Oriundo de Neuchâtel (Suiza), nació en 1747 en el seno de una familia de hugonotes. Tras perder a su padre con apenas once años, fue su padrastro —Joseph Tattet, relojero de origen parisino— quien lo introdujo en el oficio. Con quince años cruzó la frontera para instalarse en París, donde estudió matemáticas en el Collège Mazarin y comenzó su aprendizaje en el taller del palacio de Versalles. Su talento llamó pronto la atención en los círculos de la corte, y con veintiocho años fundó su propio taller en la planta baja del número 39 del Quai de l’Horloge, en la Île de la Cité, el barrio de los relojeros parisinos.
Lo que Breguet construyó en ese lugar trascendió los límites de la artesanía. En un oficio centenario donde el ornamento era la norma, apostó por una sobriedad característica de lo que hoy denominamos lujo silencioso: cajas delgadas, diales grabados y símbolos propios que convergen en la pieza que hoy nos reúne.
El relojero de la reina.
La Historia del Arte está plagada de mecenazgos históricos —véase la relación entre Miguel Ángel y el papa Julio II—. Y la relojería, como otra expresión artística, encuentra en María Antonieta y Abraham-Louis Breguet su máxima expresión.
Se recuerda a María Antonieta por muchas cosas, pero poco se habla de su fuerte devoción por la relojería. Cuando la obra de un afamado Breguet llegó a sus oídos, adquirió su reloj número 2 —el segundo que fabricó como relojero independiente, un automático con indicación del día del mes y repetidor—. Una afición que la archiduquesa austriaca quiso compartir con sus amistades: véase el Breguet número 14 que le regaló a Hans Axel von Fersen —conde sueco con el que mantuvo una estrecha relación—. Toda esta influencia le valió a Breguet para convertirse en proveedor oficial de relojes de Luis XVI en 1785.
Sin embargo, el reto de su vida apareció en 1783, cuando recibió un encargo anónimo dirigido a María Antonieta: crear el mejor reloj del mundo. Un objetivo ambicioso con unas consignas muy claras: incorporar los mecanismos más avanzados hasta la fecha y fabricar cada componente en oro. Se desconoce quién fue el ideólogo, pero algunos señalan que el encargo vino a simbolizar la perpetuidad del amor imposible entre el propio Von Fersen y la reina.
Breguet Nº 160. Toda una vida.
Con un cheque en blanco y sin fecha de entrega, Breguet se puso manos a la obra, pero desafortunadamente se topó con la Revolución Francesa. Un acontecimiento que estalló en 1789 y que puso en jaque los cimientos del Antiguo Régimen. Su amistad con los monarcas no fue bien vista, y en 1793 —en pleno Reinado del Terror— descubrió que iba a ser condenado a la guillotina. Pudo abandonar París de manera prematura gracias a la colaboración de Jean-Paul Marat, amigo suyo y futuro mártir de aquella purga.
Ya en el exilio, logró abrir un taller modesto en Le Locle, cerca de su Neuchâtel natal. Con pocos empleados y sin la mayor parte de sus herramientas, Breguet desarrolló uno de sus grandes hitos: el tourbillon. Una innovación capaz de solventar un problema arrastrado durante siglos: contrarrestar los efectos negativos de la gravedad para mejorar la precisión de los relojes mecánicos.
De vuelta en París, retomó el reloj de la reina en 1809. El ocaso del Imperio napoleónico, con Francia en guerra y sin capacidad de exportar, dejó a los relojeros de la maison sin trabajo suficiente, lo que paradójicamente permitió volcarse en la fase final de su desarrollo. Finalmente, en 1827 y pese a la muerte del propio Breguet en septiembre de 1823, su hijo Antoine-Louis y otros colaboradores concluyeron la pieza. Una obra que no solo no pudo ver su artífice, sino tampoco su destinataria, pues María Antonieta fue ejecutada el 16 de octubre de 1793. Demasiada belleza para unos ojos que jamás podrían contemplarla.
El mejor reloj hasta la fecha.
El Breguet nº 160 podría ser icónico únicamente por la historia que le precede. Sin embargo, la ejecución final resultó tan memorable que todo eso queda en un segundo plano. Es un reloj de bolsillo con caja de oro de 60 milímetros de diámetro y cristal de roca que permite contemplar el movimiento más complejo hasta la fecha: un perpétuelle formado por 823 piezas y hasta 23 complicaciones.
Entre ellas, un calendario perpetuo con indicador de día de la semana, fecha y mes; indicador de reserva de marcha de hasta 48 horas; ecuación del tiempo —diferencia entre el tiempo solar verdadero (medido por un reloj de sol) y el tiempo solar medio (medido por relojes convencionales) que indica los minutos que un reloj de sol está adelantado o atrasado respecto a la hora oficial—; termómetro bimetálico —instrumento analógico de medición de temperatura que funciona mediante la deformación mecánica de dos metales unidos enrollados en espiral—; gran segundero independiente —funciona con su propio tren de ruedas separado del movimiento principal—; escape de áncora; espiral de oro; repetidor de minutos —reproduce las horas, los cuartos y los minutos mediante finísimos gongs de alambre—; sistema de doble paracaídas —el pare-chute que Breguet había inventado hacia 1790— para proteger los pivotes del volante contra los golpes y caídas.
Si a nivel técnico era una proeza, desde el punto de vista estético era una maravilla. Las agujas, inconfundibles de tipo Breguet, señalaban las horas y los minutos con esa elegancia tan característica. El dial lucía un acabado guilloché —patrones geométricos grabados con torno manual— que generaba una textura hipnótica de ondas concéntricas y rosetas. Una obra sin parangón que Breguet quiso reeditar en 2008 con el nº 1160 y que actualmente puede visitarse en el museo de la marca.
La Mona Lisa de los relojes.
Las grandes obras de arte son objetos de deseo entre coleccionistas y ladrones. El 21 de agosto de 1911, Vincenzo Peruggia robó del Louvre la obra más famosa del mundo, la Mona Lisa. Una historia de astucia que en cierta forma replica lo ocurrido con este nº 160.
La obra magna de Breguet pasó por distintas manos a lo largo del siglo XIX hasta llegar al Museo L. A. Mayer de Arte Islámico en Jerusalén, donde se convirtió en la joya de una colección excepcional. La noche del 15 de abril de 1983, el ladrón israelí Na’aman Diller trepó hasta una ventana y se coló por una abertura de tan solo 45 centímetros. Una vez dentro, se llevó 106 relojes, entre ellos el Breguet de María Antonieta, valorado en unos 30 millones de dólares.
Diller murió sin confesar el paradero de los relojes: solo lo hizo en su lecho de muerte. En agosto de 2006, más de veinte años después del robo, Rachel Hasson —directora artística del museo— recibió la llamada de un relojero de Tel Aviv que había encontrado un alijo de relojes antiguos. Entre ellos, envuelto en papel de periódico ya amarillento, estaba el Breguet nº 160. Al igual que la Mona Lisa, el reloj de la reina había vuelto a su sitio.
La opinión de Ismael (@itscrownguard)
En relojería, decir que tu referente es Abraham-Louis Breguet es casi un cliché. Pero seamos honestos: no solo estamos hablando de una figura revolucionaria en el sector, sino de uno di noi —uno de los nuestros—. Un maestro, pero también un verdadero apasionado. Alguien que utilizó este encargo como un lienzo en blanco en el que cada detalle y complicación evidencian el virtuosismo y la dedicación de una persona que entregó toda una vida a esta afición.
Si reflexionamos sobre el hecho de que estamos ante la obra cumbre del mayor maestro relojero de la historia, es sencillo concluir que se trata del mejor reloj jamás creado. La Mona Lisa de la relojería. Y no solo me refiero a nivel técnico o estético —sin desmerecer que en la actualidad existen piezas más complejas—, sino por todo lo que implica. Representa un auténtico estudio antropológico de nuestra historia reciente.
En esencia, es una prueba fehaciente de uno de los acontecimientos más insignes de la humanidad: la Revolución Francesa. Este Breguet nº 160 es el mayor símbolo de la codicia y el despotismo de la monarquía absoluta; aquel por el que se jugó con el pan de una nación arruinada para crear piezas singulares que alimentasen el ego de las élites europeas. Una obra que, independientemente de ejecuciones, exilios e incluso robos, aún perdura entre nosotros recordándonos de dónde venimos, qué somos y hacia dónde vamos.

Ismael (@itscrownguard)
«El conocimiento es la única riqueza que se puede transmitir sin empobrecerse». Entre la historia, el arte y la pasión relojera. ¡Ahora en Estrase!





















