De la democratización al lujo millonario. Relojes en la Corona española contemporánea.

Publicado el: 30/09/2026|10 minutos de lectura|

En el artículo anterior repasamos el vínculo de la Corona española con la relojería, desde la iniciativa acometida por los Austrias hasta el impulso liderado por los Borbones: siglos de historia que evidencian un vínculo muy estrecho y que ponen en valor la simbología e innovación técnica detrás de cada pieza. Sin embargo, este artículo toma el testigo desde los Borbones, avanzando varios siglos hasta la actualidad, recorriendo la democratización decimonónica hasta el lujo y la opulencia de los últimos monarcas españoles.

De Fernando VII a Isabel II. La democratización decimonónica.

Fernando VII © Wikipedia

Isabell II © Wikipedia

El siglo XVIII supuso el verdadero punto de inflexión para la industria relojera española: desde el nacimiento en 1771 de la Escuela de Relojería Real durante el reinado de Carlos III, hasta la fascinación del apodado «el rey relojero», Carlos IV. Un bagaje que, por caprichos del destino, se vio sacudido por los designios de Ares, el dios de la guerra.

La invasión de Napoleón Bonaparte en 1807 —y con ello el inicio de la Guerra de Independencia española (1808-1814)— supuso un duro golpe para la colección real. La dinámica de las últimas décadas se ralentizó por motivos lógicos, aunque nunca se detuvo por completo. Pese a las abdicaciones de Bayona en 1808, Carlos IV y su hijo Fernando VII se mantuvieron ligados a la relojería, comprando piezas en Italia y Francia, respectivamente. Mientras tanto, en España, buena parte de los relojeros de cámara —contrarios al rey intruso José Bonaparte— tuvieron que abandonar Madrid, y con ellos se perdió el mantenimiento de gran parte de la maquinaria palaciega.

En 1814, una vez restituido el trono español, Fernando VII emprendió una tarea de reconstrucción casi arqueológica. Recuperó lo que pudo del legado de su padre, decantándose claramente por la escuela inglesa. Por ello, su relojero de cámara fue el británico Thomas Hatton —uno de los cuatro que tuvo en plantilla durante su reinado—, quien sentó las bases de una nueva fábrica relojera en España.

Sin embargo, uno de los cambios más significativos fue llevado a cabo por su hija y, a la postre, sucesora, Isabel II, en un siglo XIX que supuso un verdadero reto en todos los niveles —político, social, económico y cultural—, pero especialmente en el ámbito relojero. La reina adquirió piezas de gran virtuosismo mecánico y decorativo, como relojes de pared, cronómetros y autómatas. Destaca el llamado reloj simpático, una pieza de sobremesa de finales del XIX que se sincronizaba automáticamente con un reloj de bolsillo a juego con solo depositarlo sobre el péndulo. Otro es el inquietante reloj autómata «de negros», que representaba a un antiguo esclavo haitiano liberado poco antes del levantamiento que dio origen a la independencia de Haití, y que simulaba fumar en pipa cada vez que el reloj daba las horas.

Desde un contexto más actual, todas estas piezas documentan a la perfección la tendencia de gustos y prejuicios de la época. Independientemente de su connotación política o social, es de recibo encomiar la labor acaecida durante el reinado de Isabel II. En pleno desarrollo industrial español, de manera progresiva, los relojes comenzaron a abandonar el círculo cerrado de la realeza y la élite en aras de abrirse a otros estratos de la sociedad, en parte gracias a la difusión de catálogos de diseño de cajas que la propia Patrimonio Nacional conserva hoy como pieza de colección. Por ello, se produjo una democratización y, por ende, popularización relojera que paulatinamente fue permeando en el grueso de la población hasta la actualidad.

Reloj de sobremesa “simpático” © Wikipedia

Alfonso XII y Alfonso XIII. Cartier llega a la Corte

Alfonso XIII © Wikipedia

El tránsito del siglo XIX al XX no solo trajo consigo diferentes alternancias de gobierno, de la monarquía a la República y viceversa, sino también un cambio notorio en la tradición relojera. Los nuevos monarcas sintieron admiración por la relojería, pero de una forma distinta: ya no eran grandes mecenas que comisionaban piezas que desafiaban los límites de lo establecido, simplemente se limitaron a codearse con las grandes casas joyeras y relojeras que lideraron el panorama, siendo Cartier uno de sus grandes protagonistas.

En 1904, con apenas 23 años, Louis Cartier consolidó a la maison parisina como marca de confianza de las grandes cortes europeas. España no fue la excepción, y ese mismo año la firma fue nombrada proveedora oficial de la Casa de Alfonso XIII, un año antes de que el joven rey conociera a la que sería su esposa en 1906, Victoria Eugenia de Battenberg. La relación entre Alfonso XIII y la relojería, sin embargo, no se limitó únicamente a la joyería francesa: la corte encargó también piezas a medida a manufacturas suizas como INVAR, de la que se conserva un reloj de bolsillo tipo Lépine en oro de 18 quilates, decorado con un profuso esmaltado de banderas marítimas y el escudo propio del monarca, fabricado a principios del siglo XX.

Existe una anécdota que resume a la perfección el gusto y la etiqueta de la época. En abril de 1907, con motivo de una cumbre real celebrada frente a las costas de Cartagena entre Alfonso XIII y Eduardo VII de Inglaterra a bordo del yate real Giralda, se había preparado un reloj de bolsillo como regalo protocolario para el monarca británico. Finalmente se optó por otro obsequio, y aquella pieza terminó entregándose años después, como reconocimiento, al capitán del propio yate. Un detalle menor, pero revelador de hasta qué punto el reloj funcionaba entonces como moneda diplomática entre coronas.

Reloj de bolsillo Invar © Máquinas del Tiempo

Reloj de bolsillo Invar © Máquinas del Tiempo

Juan Carlos I y Felipe VI. De mecenas a coleccionistas.

Juan Carlos I © El Mundo

Richard Mille RM 009 © SJX

La Segunda República y la dictadura franquista supusieron un paréntesis en la tradición relojera, pero la Restauración monárquica de 1975 la retomó por todo lo alto. Juan Carlos I continuó con la afición familiar, reuniendo a lo largo de su reinado una colección personal que —según distintas fuentes cercanas al emérito— ronda las 400 piezas. Realidad o ficción, lo cierto es que se le ha visto con varias piezas, entre las que destaca este Richard Mille RM 009 de la línea Felipe Massa, una edición muy especial con tourbillon y materiales ultraligeros, limitada a 25 unidades. Una pieza que choca de manera diametralmente opuesta a sus predecesores, pero que comparte un patrón común: sí, es un reloj deportivo y para nada elegante, pero tiene la misma esencia excéntrica y exclusiva de los relojes de mesa que llenaron antaño las salas del Palacio Real.

En la actualidad, Felipe VI, hijo del emérito y vigente monarca español, ha recogido el legado de su antecesor con un gusto por la relojería realmente exquisito. Entre sus piezas más sonadas destaca un Corum Admirals Cup Legend 32 —que lució durante la boda de la Infanta Elena con Jaime de Marichalar—, algún Cartier Roadster, un Panerai Luminor Marina y un Omega Seamaster Olympic que conmemora los Juegos Olímpicos de Pekín 2008. Si bien es cierto que también ha llevado piezas más humildes, como un Swatch Sistem 51, generalmente se le ha visto con dos modelos muy concretos: por un lado, un Audemars Piguet Royal Oak City of Sails, ideal para los días de regata por su clara orientación deportiva; y por otro, un Bvlgari Octo Ultranero, característico por su diseño totalmente negro e índices rojos en contraste. De una manera u otra, una colección muy heterogénea, con piezas valoradas en decenas de miles de euros y con un diseño tan particular como inesperado.

Felipe VI con su Omega Seamaster Olympic © Libertad Digital

Felipe VI con su Audemars Piguet Royal Oak City of Sails © Libertad Digital

La opinión de Ismael (@ismaeljlara)

Vista la relación entre la Corona española y la relojería contemporánea, si has leído el artículo anterior, creo que ambos podemos llegar a la misma conclusión: si algo demuestra este recorrido es que algo se ha perdido por el camino. Carlos V viajaba con su propio relojero, Fernando VI encargaba piezas inimaginables, Carlos III impulsó la relojería en España y su hijo sintió verdadera fascinación por la mecánica. En todos los casos había algo más que dinero, primaba el mecenazgo y la fascinación.

Con las últimas generaciones de los Borbones encontramos un patrón común, con una dinámica completamente inversa. Sus colecciones —valiosas, extensas y sin duda admirables— carecen de alma. Únicamente amontonan modelos de catálogo que cualquiera con el dinero suficiente podría adquirir en una boutique. Lejos quedan los tiempos en los que Breguet o Jaquet-Droz diseñaban piezas únicas en el mundo.

La monarquía ha pasado de impulsar la relojería a simplemente consumirla, por muy alta que sea la gama elegida. Y ojo, no es un reproche personal, porque entiendo el contexto actual y el anacronismo que supondría hoy sufragar una escuela relojera. Simplemente es una reflexión que ejemplifica un cambio de tendencia generalizado, desde los reyes hasta cualquier simple aficionado. No sentimos la misma fascinación por piezas exclusivas que sean verdaderas obras de arte; únicamente nos conformamos con adquirir piezas valiosas en una clara lucha de egos por dilucidar quién tiene la mejor colección.

Ismaeljlara

«El conocimiento es la única riqueza que se puede transmitir sin empobrecerse». Entre la historia, el arte y la pasión relojera. ¡Ahora en Estrase!

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