De los Austrias a los Borbones. El origen de la fascinación relojera en España.

Publicado el: 27/08/2026|10 minutos de lectura|

Antes de la democratización de la relojería, el tiempo fue algo únicamente de miembros de alta alcurnia, especialmente de reyes. No solo por la capacidad de administrarlo —convocar cortes, firmar tratados, declarar guerras—, sino por la devoción que algunos sintieron por él. En España, esa pasión tiene nombres y apellidos, con una tradición real de casi cinco siglos de antigüedad. Continuando la iniciativa de los Austrias y, en cierto modo, como respuesta a la corona francesa, la dinastía de los Borbones prestó especial atención al coleccionismo relojero, casi como si se tratase de una política de Estado. Es por ello que este artículo recorrerá parte de la Colección Real, desde el candil que iluminaba las noches de Felipe II hasta la fascinación del apodado «el rey relojero» y su Breguet.

De Carlos V a Felipe II. La iniciativa de los Austrias.

Carlos V © Wikipedia

El Cristalino © Patrimonio Nacional

Para abarcar el idilio de la monarquía española con la relojería debemos retroceder hasta el Renacimiento, durante la antigua Casa de Austria, en concreto hasta el gobierno de Carlos V. El emperador no solo coleccionaba relojes, sino que los llevaba consigo permanentemente. Cuando en 1557 se retiró al Monasterio de Yuste, poco antes de morir, se aprovisionó de medio centenar de relojes, aunque uno destacó por encima del resto: el Cristalino.

Diseñado por Juanelo Turriano, matemático e ingeniero de Cremona, era un reloj astronómico de casi 1.500 piezas que, a través de unos cristales, dejaba ver su propio mecanismo —de ahí el nombre—. Según los cronistas de la época, Carlos V lo comisionó como uno de sus últimos deseos, con el pretexto de entender mejor el movimiento y la posición de los astros antes de morir, en 1558. Desafortunadamente, no sobrevivió ninguna obra original, pero sí prevaleció la pasión por la relojería para el siguiente en la línea sucesoria: Felipe II.

Felipe II © Wikipedia

El Candil © Patrimonio Nacional

Con la llegada de Felipe II al trono de los Austrias, el coleccionismo relojero dejó de ser un gusto personal para convertirse en política de corte. El rey reunió en la Torre Dorada del antiguo Alcázar de Madrid una notable colección, en gran parte gracias a Hans de Evalo. Inicialmente sirvió como proveedor de piezas, pero en 1580 fue nombrado relojero de cámara. En la actualidad solo existen tres ejemplares del maestro flamenco, y España conserva el más antiguo: el reloj de custodia con candil.

Este reloj, fabricado en Madrid en 1583 y expuesto hoy de forma permanente en la Galería de las Colecciones Reales, debe su nombre a su silueta, que recuerda a un viril religioso —pequeño recipiente circular de cristal con borde metálico usado en la liturgia católica—. Sin embargo, lo verdaderamente singular es su función, pues se trata de uno de los primeros relojes nocturnos de Europa. El objetivo era que Felipe II —hombre profundamente religioso— pudiese profesar su fe en plena oscuridad gracias al candil que incorporaba en la caja.

Paradójicamente, el reloj Pórtico —otro ejemplar de Hans de Evalo— también perteneció a la corona española. Sin embargo, Felipe III se lo regaló a Tokugawa Ieyasu, fundador del shogunato Tokugawa, por lo que hoy se conserva como tesoro nacional en el templo de Toshogu (Japón). Una muestra de diplomacia y gratitud que materializa la devoción por el tiempo y la relojería.

Felipe V y Fernando VI. La resurrección de los Borbones.

Felipe V © Wikipedia

Fernando VI © Wikipedia

Durante la dinastía de los Austrias, Felipe III, Felipe IV y Carlos II ampliaron la colección real, sintiendo verdadera fascinación por piezas alemanas de la órbita de los Habsburgo. Desafortunadamente, la mayoría se perdió en el incendio del Alcázar durante la Nochebuena de 1734, ya con la nueva dinastía borbónica en el trono, lo que supuso una pérdida irreparable.

En este contexto, Felipe V —nieto de Luis XIV— llegó desde Francia para continuar en España el legado relojero. Desde el principio demostró una clara predilección por la escuela inglesa, en ese momento la más avanzada de Europa en precisión mecánica, de la mano de Thomas Hildyard. Su hijo Fernando VI heredó esa colección y la amplió en una dirección distinta. Sintió una fuerte devoción por los pequeños relojes de coleccionismo y objetos cotidianos con maquinaria incorporada. Sin embargo, hay uno que destacó por encima del resto: el Pastor.

Fabricado por el relojero suizo Pierre Jaquet-Droz y adquirido por Fernando VI casi al final de su reinado, en 1758, se trata de un reloj astronómico de estilo Luis XV, con sonería, repetición, ecuación del tiempo y un verdadero cortejo de autómatas. En la parte superior, un pastor sentado toca la flauta —mediante un sistema de fuelles y válvulas que imitan la respiración humana—, flanqueado por un perro que ladra y mueve la cabeza, y una oveja que bala. Bajo la esfera, un balcón escenifica una pequeña vida cortesana en miniatura: una dama marca el compás con una mano mientras sostiene una partitura con la otra, un niño juega con un pájaro que canta, y dos amorcillos se columpian girando la cabeza.

Actualmente se conserva en el Salón de Gasparini del Palacio Real de Madrid, como una de las piezas más singulares de la Colección Real de relojes de Patrimonio Nacional. Una prueba de que Fernando VI no solo fue un entusiasta, sino que verdaderamente impulsó la relojería como mecenas becando a relojeros españoles en las grandes escuelas europeas: véase el caso de Simón Martínez, futuro relojero de cámara.

El Pastor - Pierre Jaquet-Droz © Patrimonio Nacional

El Pastor - Pierre Jaquet-Droz © Patrimonio Nacional

Carlos III y Carlos IV. La verdadera fascinación por la relojería.

Carlos III © Wikipedia

Carlos IV © Wikipedia

Si bien es cierto que Fernando VI becó a diferentes relojeros, la Ilustración y Carlos III no se conformaron con comprar relojes, sino con dar un paso más allá: fabricarlos. Así nació en 1771 la Escuela de Relojería Real, liderada por el maestro suizo Abraham Matthey y respaldada por los hermanos Felipe y Pedro Charost —relojeros franceses afincados en la corte—, germen de la Real Fábrica de Relojería de Madrid, pensada para competir de tú a tú con las potentes industrias francesa, inglesa y suiza. Como agradecimiento por haberles puesto al frente de la escuela, en 1774 los hermanos Charost entregaron a Carlos III un reloj de péndulo. La caja, en bronce dorado, es una alegoría a la protección real de las artes: un retrato del rey sostenido por un niño que representa el genio artístico, una figura femenina que simboliza la Astronomía, otro niño trabajando sobre un globo celeste (hoy perdido) y trofeos de guerra rematados por un morrión del que cuelgan guirnaldas de laurel.

Pese a los esfuerzos de Carlos III por impulsar la relojería en España, probablemente ningún monarca sintió tanta devoción como Carlos IV. El apodado «el rey relojero» llegó a montar un taller propio dentro de Palacio, donde diseñaba, reparaba y ensamblaba sus propias maquinarias. Junto a su esposa, María Luisa de Parma, invirtió sumas considerables en decorar el nuevo Palacio Real de Madrid y la Casa del Labrador de Aranjuez con piezas de sobremesa que hoy siguen allí, muchas de ellas en funcionamiento después de más de dos siglos.

Entre tantas piezas y maestros relojeros, destacaron especialmente Ferdinand Berthoud y, sobre todo, Abraham-Louis Breguet. Este último estuvo trabajando en el Nº 160, el reloj de María Antonieta, pero vinculó su nombre a España a través de hasta una docena de relojes, entre los que destaca el espectacular reloj planetario de Atlas. Data del siglo XVIII y su caja representa al titán Atlas sosteniendo el globo celeste —según la mitología griega, Zeus lo condenó a cargar con la bóveda celeste por liderar a los Titanes en la guerra contra los dioses del Olimpo—, que en su interior alberga tanto el mecanismo del reloj como un planetario. El globo está decorado con las constelaciones policromadas en dorado sobre fondo azul, y el conjunto se apoya sobre un pedestal de madera con una brújula a los pies de la figura.

Atlas - Breguet © Patrimonio Nacional

Atlas - Breguet © Patrimonio Nacional

Atlas - Breguet © Patrimonio Nacional

También trabajó en esta época el relojero español Manuel Gutiérrez, autor de un reloj esqueleto de sobremesa que la propia reina eligió para su dormitorio, y Manuel de Rivas, responsable del monumental reloj de la Sala de Billar de la Casa del Labrador. Entre todas las piezas de esta etapa destaca especialmente un reloj de sobremesa con la figura de Cronos, aún expuesto en la antecámara Gasparini del Palacio Real y todavía en funcionamiento gracias al mantenimiento constante de los relojeros de la institución.

Cronos © Patrimonio Nacional

La opinión de Ismael (@ismaeljlara) sobre los relojes de los reyes de España

Si una cosa queda clara es que la monarquía española ha sentido una fascinación genuina por la relojería. No solo ha concebido los relojes como instrumentos de medida desde un punto de vista práctico, sino como manifestaciones artísticas cargadas de filigranas, simbología y complejidad mecánica. Motivo por el cual la Colección Real no solo se ha contentado con amontonar piezas de los mejores maestros relojeros de los últimos siglos —que también— sino con impulsar la relojería española para competir contra los grandes referentes internacionales del momento. Con toda esa trayectoria, independientemente del reinado de un Austria o un Borbón, la historia española ha estado ligada al tiempo, sentando las bases de la relojería contemporánea que analizaremos en el próximo artículo.

Ismaeljlara

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