
Cartier Tank. La silueta más icónica de la relojería.
Si existe una familia relojera capaz de construir una identidad propia a partir de la forma, es sin duda Cartier. Desde modelos millonarios como el Crash hasta otros menos conocidos pero con una historia igualmente fascinante —como el Cheich o el Pasha—, la maison parisina ha sabido crear un lenguaje propio a través de sus relojes. Sin embargo, como en cualquier familia que se precie, por encima del resto se erige un patriarca silencioso que no necesita levantar la voz para imponer su autoridad. Simplemente se ha ganado el respeto del resto. Hablamos del Tank, un reloj que no solo definió el estilo de Cartier, sino que se convirtió en una referencia visual de la que ha bebido buena parte de la industria relojera.
¿Existe algo menos elegante que un tanque?
Resulta paradójico que uno de los relojes más elegantes de la historia deba su nombre y su forma a una máquina de guerra. Nos situamos en plena Primera Guerra Mundial, en el frente occidental, donde Francia acababa de desplegar un ingenio que cambiaría la manera de combatir: el Renault FT-17. Pequeño, compacto y equipado con una torreta giratoria revolucionaria para la época, su diseño fascinó también a Louis Cartier.
El nieto del fundador había contribuido a expandir la marca internacionalmente tras el lanzamiento del primer reloj de pulsera masculino. La silueta rectangular del Renault FT-17, vista desde arriba, despertó su imaginación y decidió trasladarla a un reloj que terminaría convirtiéndose en un icono: el Tank Normale.
En 1917 nació así el Cartier Tank. Un reloj de caja rectangular flanqueado por dos barras verticales conocidas como brancards, un guiño directo a las orugas del vehículo. Pero no se trataba únicamente de un recurso estético: estas estructuras permitían integrar la correa con la caja de manera continua. Nacía así la mítica silueta en “H”, reinterpretada durante más de un siglo dentro y fuera de la propia Cartier.
Al año siguiente, Cartier regaló uno de los primeros ejemplares al general estadounidense John J. Pershing, comandante de las fuerzas expedicionarias norteamericanas en Europa. No sería hasta 1919 cuando el Tank entrara oficialmente en producción, con apenas seis unidades fabricadas. Una exclusividad casi artesanal que, con el tiempo, terminaría convirtiéndose en uno de los relojes más prolíficos de todo el catálogo de Cartier.
Anatomía de un icono. Las curiosidades del Cartier Tank que pocos conocen.
Más allá de su silueta, el Tank esconde una serie de detalles que forman parte del ADN de Cartier y que, en algunos casos, nacieron precisamente en este modelo.
El primero es el cabochon o cabujón. Procedente del término francés caboche —cabeza o clavo de cabeza redonda—, es un pequeño zafiro azul, abovedado y pulido, situado en la corona. Además de facilitar el accionamiento de la corona, se convirtió en una firma visual de Cartier. Desde su aparición en el Tank de 1917, el cabujón se extendió progresivamente al resto del catálogo de la maison. Puede parecer un detalle puramente ornamental, pero es precisamente esa clase de elementos la que consigue que un Cartier sea reconocible incluso a distancia.
El segundo detalle tampoco es exclusivo del Tank, aunque sí se mantiene desde el modelo original de 1917. Algunas esferas de Cartier utilizan índices romanos y presentan una particularidad tan discreta como simbólica: el cuatro aparece como IIII en lugar de IV. Existen diferentes teorías sobre el origen de esta decisión. Una de ellas la relaciona con el relojero Henry de Vick y el rey Carlos V, aunque resulta difícil demostrarla. Una explicación más sencilla apunta a una cuestión puramente visual: IIII mantiene una simetría con el VIII situado en el lado opuesto de la esfera, ambos formados por cuatro caracteres, y evita además una posible confusión visual entre IV y VI.
El tercero es mucho más sutil y probablemente solo lo adviertan los coleccionistas más entusiastas: la firma secreta de Cartier. Algunos Cartier antiguos incorporaban a las seis una inscripción que indicaba su procedencia o mercado de comercialización —París, Londres o Nueva York—. Posteriormente, estas referencias fueron sustituidas por inscripciones más genéricas como “Swiss” o “Swiss Made”. Paralelamente, a partir de finales de los años setenta, y coincidiendo con la popularización del Must de Cartier y el aumento de las falsificaciones, la maison comenzó a esconder un diminuto “Cartier” grabado en uno de los números romanos. Una pequeña medida de seguridad antipiratería que podía variar de posición según el modelo.
Una identidad. 100 años de innovación.
El éxito del Tank Normale, como posteriormente se bautizó al modelo original de 1917, desencadenó la creación de toda una familia bajo la misma filosofía.
La década de los años 20 fue especialmente prolífica. En 1921 llegó el Tank Cintrée, una versión alargada y curvada que se adaptaba al contorno de la muñeca. Un año después debutó el Tank Louis Cartier, de líneas más redondeadas y proporciones más armoniosas, que terminaría convirtiéndose durante décadas en la interpretación más representativa del Tank.
Ese mismo año apareció también el Tank Chinoise, con una caja más cuadrada y elementos inspirados en los pórticos de las pagodas orientales, fruto del interés por el arte asiático que vivía el París de entreguerras. Después llegarían el Tank Allongée, una versión más estilizada del original; el Tank Obus (1923), con asas cilíndricas y abombadas; el Tank Savonette (1926), protegido por una tapa metálica articulada; y el Tank à Guichets (1928), que prescindía de las agujas y mostraba la hora y los minutos mediante ventanas.
En 1932 apareció el Tank Basculante, cuya caja gira sobre un eje lateral para proteger el cristal frente a la muñeca. El Tank atravesó la Segunda Guerra Mundial y la muerte de Louis Cartier en 1942 sin perder vigencia, acompañando las muñecas de algunas de las personalidades más relevantes del momento.
En los años 70 apareció el Tank Bambou, una pieza híbrida entre reloj y joya cuya caja rectangular suavizada evocaba las cañas de bambú. Sin embargo, la gran revolución llegó en 1977 con el Must de Cartier. El modelo democratizó la estética del Tank tomando como referencia el Tank Louis Cartier, pero utilizando vermeil —plata bañada en oro— y esferas lacadas en colores vivos como rojo, azul, burdeos o negro.
En las décadas siguientes llegaron nuevas interpretaciones adaptadas a los gustos contemporáneos. El Tank Américaine (1989) presentó una caja alargada y curvada; el Tank Française (1996) incorporó un brazalete metálico integrado; el Tank Solo (2004) simplificó las líneas originales, y el Tank Anglaise (2012) integró la corona dentro del propio contorno de los brancards. El último gran capítulo de esta evolución llegó con el Tank Must (2021), que recuperó la filosofía del Must de 1977 con nuevas propuestas, entre ellas versiones de cuarzo y solar.
¿Por qué el Tank de Cartier es la silueta más reconocible de la relojería?
Después de recorrer su origen y evolución, llegamos al elefante en la habitación: ¿por qué la silueta del Tank resulta tan reconocible?
No se trata únicamente de fama. Para eso ya existen modelos como el Rolex Submariner, el Omega Speedmaster o el Audemars Piguet Royal Oak. Hagamos un ejercicio mental. Cierra los ojos y dibuja las líneas maestras del Cartier Tank: un rectángulo limpio, dos brancards verticales y un cabujón. Ni siquiera necesitamos su esfera con números romanos, su minutero chemin de fer o sus agujas de espada azuladas. Su contorno basta para identificarlo.
Y eso es consecuencia de un diseño atemporal extraordinariamente bien ejecutado. Un reloj intergeneracional por el que parece que el tiempo no pasa, presente en las muñecas de figuras tan distintas como Lady Di, Muhammad Ali, Andy Warhol, Jacob Elordi o Rami Malek. Precisamente la visión de Warhol sobre el Tank me parece especialmente reveladora: “No llevo un Tank para saber la hora. De hecho, nunca le doy cuerda. Llevo un Tank porque es el reloj que hay que llevar”.
Desde su concepción en 1917, Cartier consiguió construir un vocabulario visual propio que va mucho más allá de una caja rectangular. Un molde que ha sido reinterpretado por infinidad de homenajes —declarados o no— de marcas de moda, micromarcas y grandes firmas relojeras. Hasta tal punto que, al contemplar una de estas piezas, el primer pensamiento suele ser Cartier Tank. Y ahí reside probablemente su mayor triunfo: cuando una forma se convierte en sinónimo de toda una categoría, deja de pertenecer únicamente a quien la creó.
Un paradigma que, si me permitís la reflexión, ni siquiera la propia Cartier ha conseguido superar. Por más que la maison haya creado siluetas tan singulares como el Crash o el Baignoire, sigue regresando una y otra vez al Tank, reinterpretándolo y adaptándolo a los estándares de cada época. Porque, a veces, si algo funciona, lo mejor es no tocarlo.
La opinión de Ismael (@ismaeljlara)
El Cartier Tank no es fascinante únicamente por lo que se dice de él, sino por lo que representa. Condensa una historia de más de cien años, desde la Primera Guerra Mundial hasta nuestros días, y lo hace no solo a través del marketing, sino mediante un diseño que ha demostrado ser capaz de sobrevivir al tiempo. A priori, debería ser sencillo de imitar: solo hay que dibujar un rectángulo.
Sin embargo, ahí está la trampa. Por mucho que se repita la fórmula, ninguna reinterpretación termina de poseer la naturalidad silenciosa del Tank. Ahí reside la genialidad de Louis Cartier: no inventó el reloj rectangular, sino que encontró un rectángulo que más de cien años después seguimos sin ser capaces de mejorar.
Por eso considero que llevar un Cartier Tank alude a algo que va más allá de la relojería o incluso de la moda. Habla de una determinada concepción del gusto: la capacidad de valorar lo que permanece vigente pese al paso del tiempo, la elegancia como forma de expresión y la sensatez como filosofía.

Ismaeljlara
«El conocimiento es la única riqueza que se puede transmitir sin empobrecerse». Entre la historia, el arte y la pasión relojera. ¡Ahora en Estrase!


























